Lamentaciones 3:30-31 (NTV)
Que vuelvan la otra mejilla a aquellos que los golpean y que acepten los insultos de sus enemigos, pues el Señor no abandona a nadie para siempre.
Hay un detalle del Antiguo Testamento que casi siempre pasamos por alto. Cuando abres esas páginas, no estás leyendo un texto antiguo cualquiera: estás leyendo exactamente lo mismo con lo que Jesús se formó.
Los mismos rollos. Las mismas palabras. El mismo escrito que alimentó Su corazón durante Su vida en esta tierra.
Casi seiscientos años antes de que Él naciera, el profeta Jeremías escribió estas líneas de Lamentaciones. Ahí quedó la instrucción: responder a la violencia con mansedumbre, soportar la ofensa, y confiar en que Dios no abandona a Su pueblo para siempre.
Jesús leyó eso. Lo meditó. Lo aprendió siendo joven.
Y años después, frente a las multitudes, lo enseñó con Sus propias palabras: «A cualquiera que te golpee en la mejilla derecha, vuélvele también la otra».
Pero el ejemplo de Jesús no se quedó en un discurso inspirador. Él lo llevó a la práctica en los momentos más oscuros de Su vida.
Ante la humillación. Cuando fue arrestado y llevado ante los tribunales y los sacerdotes, recibió burlas, golpes y escupitajos. No respondió con insultos ni con agresión. Guardó silencio y mantuvo la templanza.
En la cruz. Mientras los clavos atravesaban Sus manos y Sus pies, selló la enseñanza con una oración que todavía cuesta comprender: «Padre, perdónalos, porque no saben lo que hacen».
Ahí está la clave que muchos se pierden. Poner la otra mejilla no es debilidad. Es la fortaleza de quien puede quedarse quieto y en paz mientras el viento de la enemistad trata de desequilibrarlo.
Es más fácil devolver el golpe que sostenerse. Lo difícil, lo verdaderamente fuerte, es lo otro.
Y esto es lo hermoso: tienes en las manos el mismo texto. Puedes abrirlo hoy, aprender la misma lección que Él aprendió, y caminar por donde caminó tu Maestro.
Ese es el privilegio.
ORACIÓN
Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, gracias por la oportunidad de acercarnos a Tu Palabra y por recordarnos que tenemos el privilegio de alimentarnos del mismo escrito que formó el corazón de nuestro Salvador. Concédenos la madurez espiritual y la fuerza para poner en práctica esta enseñanza tan demandante. Cuando lleguen los ataques, las ofensas y los momentos de conflicto, ayúdanos a guardar silencio, a refrenar la venganza y a dejar pasar la tormenta con mansedumbre. Que nuestro carácter refleje la paciencia y el amor perdonador de Jesús, y que en lugar de pagar mal por mal, encomendemos nuestras vidas a Ti, sabiendo que Tú eres nuestro defensor y que nunca abandonas a Tus hijos.
Oramos en el nombre de Jesús de Nazaret. Amén y amén.
¡Bendiciones!








