Romanos 5:1 (NTV) Por lo tanto, ya que fuimos hechos justos a los ojos de Dios por medio de la fe, tenemos paz con Dios gracias a lo que Jesucristo nuestro Señor hizo por nosotros.

 

Este versículo es verdaderamente impresionante y profundamente revelador. Tiene el poder de traer libertad, paz y tranquilidad al corazón. Además, nos ayuda a calmar nuestra conciencia, porque nos recuerda que podemos tener una buena relación con Dios gracias a lo que Jesucristo hizo por nosotros.

 

Les digo esto porque, de manera natural, la mayoría de las personas sienten la necesidad de hacer algo a cambio para recibir una recompensa o un beneficio. Esa idea forma parte de nuestra forma de pensar y de cómo fuimos educados. Es común pensar que para recibir algo bueno debemos pagar un precio, esforzarnos o entregar algo a cambio. Ese pensamiento también se traslada muchas veces a nuestra relación con Dios.

 

Recuerdo que cuando era más joven, antes de los 20 años, practicaba el catolicismo, aunque realmente no era un lector de la Biblia. En aquella época, cada vez que le pedía algo a Dios o esperaba recibir algún favor de su parte, sentía la necesidad de ofrecer algo a cambio.

 

Por ejemplo, le decía: “Señor, si me ayudas a pasar este examen, te prometo que durante los próximos dos meses no voy a fumar cigarrillos.” En ese tiempo yo fumaba desde muy joven. O le decía: “Señor, si me ayudas con esto, te prometo que durante tres meses no voy a beber alcohol.”

 

Ponía una fecha específica y hacía promesas pensando que debía ofrecer algo a cambio del favor de Dios. En realidad, ese tipo de pensamiento es muy común. Como seres humanos sentimos la necesidad de intercambiar algo para recibir un beneficio, y muchas personas aplican ese mismo principio a su relación con Dios.

 

Incluso hoy en día hay personas que creen que para ir al cielo deben hacer algo especial, pagar un precio o cumplir ciertas acciones para ganarse el derecho de entrar en la gloria de Dios.

 

Pero la Biblia es muy clara y contundente en este versículo de Romanos. Dice: “Ya que fuimos hechos justos a los ojos de Dios por medio de la fe, tenemos paz con Dios gracias a lo que Jesucristo nuestro Señor hizo por nosotros.”

 

Esto significa que fue Jesús quien pagó el precio por nuestra salvación. Él fue quien dio algo a cambio para que nosotros pudiéramos ser reconciliados con Dios. Nosotros ya no tenemos que pagar ese precio, porque ese precio ya fue pagado.

 

Cuando Jesús estaba en la cruz y pronunció sus últimas palabras “Consumado es” estaba anunciando algo muy poderoso: que el precio ya había sido pagado por completo. La obra necesaria para nuestra salvación ya estaba terminada.

 

Por eso, si hoy estás escuchando este mensaje o leyendo este devocional, lo primero que debes entender es esta verdad: ya somos justos. Ya fuimos declarados justos delante de Dios por medio de la fe en Jesucristo. Eso significa que ya no somos culpables delante de Dios por causa de lo que Jesús hizo por nosotros.

 

No somos justificados por nuestras obras, ni por lo que podamos hacer, ni por lo que podamos ofrecer a cambio. Somos declarados justos únicamente por lo que Jesús hizo en la cruz. El precio que Él pagó fue demasiado alto, pero fue suficiente para completar la obra de nuestra redención.

 

La Biblia dice claramente que ya fuimos hechos justos a los ojos de Dios por medio de la fe, no por nuestras acciones ni por nuestros esfuerzos. Y el resultado de esa justificación es algo maravilloso: tenemos paz con Dios.

 

Esa paz trae libertad a nuestra vida. Significa que ya no vivimos bajo condenación ni bajo el peso constante de la culpa. Muchas personas viven atormentadas por pensamientos como estos: “No merezco ser hijo de Dios.” “No merezco ir al cielo.” “No merezco la bendición de Dios.” “No merezco que las cosas me salgan bien.”

 

Pero ese tipo de pensamientos deben ser cancelados de nuestra mente. Los que creemos en Jesucristo sabemos que lo que Él hizo fue más que suficiente para colocarnos en una posición de privilegio delante de Dios.

 

El versículo no dice que un día seremos justos, ni que en el futuro Dios decidirá si somos dignos de entrar al cielo. La Biblia dice claramente que ya somos justos ante los ojos de Dios. También dice que ya tenemos paz con Dios gracias a lo que Jesucristo hizo por nosotros.

 

De esa verdad nace la paz interior que necesitamos. Cuando comprendemos lo que Cristo hizo, dejamos de vivir con dudas acerca de nuestra salvación. Si creemos en Jesucristo, si le hemos entregado nuestra vida y permanecemos en Él, no necesitamos vivir cuestionando nuestra relación con Dios. Somos justos porque Dios así lo declaró. Esa justicia produce paz y libertad en nuestra vida.

 

Personalmente, no tengo ninguna duda acerca de mi salvación. No tengo dudas sobre si algún día estaré en el cielo. Sé en quién he creído y sé que la obra que Jesucristo hizo fue más que suficiente. Por eso hoy podemos afirmar con seguridad esta verdad: ya somos justos.

 

ORACIÓN

 

 

Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, te damos gracias por la oportunidad que nos das de leer tu palabra y recibir este mensaje de esperanza.

 

Señor, el hecho de saber que ya somos justos delante de ti nos llena de paz y tranquilidad. Cuando las personas viven con incertidumbre acerca de su salvación, es cuando aparecen los cuestionamientos y las dudas en la mente.

 

Muchas veces el enemigo intenta sembrar pensamientos de culpa y de condenación, haciendo creer a las personas que no merecen la bendición de Dios o que no son dignas de su favor.

 

Pero los que te conocemos y creemos en ti sabemos que la obra de Jesucristo fue más que suficiente. Sabemos que por medio de Jesús ya fuimos rescatados, perdonados y comprados por precio.

 

Por eso hoy afirmamos con fe que ya somos declarados justos delante de ti, y esa verdad llena nuestro corazón de paz. Señor, ya no vivimos con la duda de si un día seremos salvos. Sabemos que por la obra de Cristo ya somos salvos, ya somos tus hijos y ya hemos sido perdonados.

 

Sabemos que ya no hay condenación para nosotros y que te pertenecemos.

 

Amén y amén.

 

¡Bendiciones!