Juan 10:11 (NTV) Yo soy el buen pastor. El buen pastor da su vida en sacrificio por las ovejas.
Jesús es quien pelea las batallas espirituales que nos rodean, todo aquello que busca atacarnos, detenernos o derribarnos. Todo lo que el enemigo levanta para debilitarnos, desanimarnos o hacernos retroceder, Él lo enfrenta por nosotros. Leer esta verdad me trajo un consuelo profundo, pero también una fuerza impresionante, porque muchas veces perdemos de vista quién es realmente el que cuida de nuestras vidas.
A veces se nos va del enfoque recordar quién nos está pastoreando. Pero cuando leemos la Palabra y entendemos que Él es el buen pastor, y que nosotros somos ovejas de su rebaño, algo cambia en nuestro interior. Ser conscientes de que Él nos cuida, nos sustenta, nos alimenta y nos guía transforma nuestra manera de enfrentar la vida. Él inspira nuestras decisiones, protege nuestro corazón y blinda nuestros matrimonios contra cualquier tentación o ataque del enemigo.
Cristo es el buen pastor y Él vela por nosotros en todo momento. Nos protege de ataques espirituales, ya sean de difamación, de tentación o de debilidad. Él nos guarda incluso cuando sentimos cansancio, fatiga o desgaste emocional. Sin embargo, hay un error muy grave que muchas veces cometemos: no ser conscientes de que Él está velando por nosotros, de que Él es quien protege nuestras vidas y quien intercede por nosotros delante del Padre.
La Escritura nos recuerda que Jesús está intercediendo por nosotros en el trono, y aun así, muchas veces actuamos como si estuviéramos solos. Ese es el primer gran error: olvidar que Él es quien nos cuida, nos sustenta y vela constantemente por nosotros.
El segundo error, igualmente grave, es pensar que los pastores terrenales son el “buen pastor” al que se refiere la Biblia. Muchas personas creen que el pastor de su iglesia, el que predica cada domingo o el que responde llamadas y mensajes, es ese buen pastor del que habla Jesús. Y a ese pastor humano se le exige algo que no puede dar, se le atribuyen responsabilidades y poderes que no le corresponden.
Es importante entender que los pastores terrenales tienen limitaciones físicas y humanas. Son una oveja más dentro del rebaño, con un llamado especial, con dones y talentos dados por Dios, sí, pero no son quienes pueden resolvernos la vida. No son quienes pueden sustentarnos, proveernos o pelear nuestras batallas espirituales.
Las batallas espirituales las pelea Cristo, el buen pastor, desde el trono. Él es quien intercede por nosotros. Por eso, cuando atravesamos momentos de alta presión espiritual, laboral, ministerial, matrimonial o emocional, debemos recordar quién es realmente el buen pastor y no poner sobre un hombre una carga que solo Cristo puede llevar.
La Palabra nos advierte con claridad: “Maldito el hombre que confía en el hombre.” Nuestra confianza no debe estar puesta en personas, sino en Cristo. Como creyentes, es cierto que Dios nos asigna pastores terrenales para guiarnos, enseñarnos y dirigir congregaciones, pero ellos también tienen luchas, dificultades y límites.
Por más conocimiento bíblico, capacidad administrativa o experiencia ministerial que tenga un pastor terrenal, no tiene el poder que tiene Cristo, nuestro buen pastor. Él es el único que nunca falla, el único que da la vida por las ovejas, el único digno de recibir toda nuestra confianza. Es tiempo de poner nuestra mirada en el verdadero, el único y el buen pastor: Jesucristo.
ORACIÓN

Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, te damos gracias porque al leer tu Palabra recordamos quién eres y cómo te presentaste ante nosotros. Gracias porque nos hablaste con claridad, diciendo que Tú eres el buen pastor, el que dio su vida por las ovejas y fue colgado en el madero por amor a nosotros.
Jesús, hoy te reconocemos, te aceptamos y te declaramos como el buen pastor al que podemos acercarnos sin temor, al que podemos hablarle con libertad, al que podemos entregar nuestras cargas, nuestras necesidades, dolores, problemas y angustias, sabiendo que seremos escuchados y atendidos.
Padre, en esta oración decidimos mantener nuestra mirada solo en Ti. Entendemos que los pastores terrenales que nos has dado también son ovejas, personas que Tú mismo estás pastoreando, con sus propias luchas y desafíos.
Gracias porque renace en nosotros la esperanza al recordar quién es nuestro buen pastor. Tú lo eres, Jesús, y te declaramos como el único que nunca nos fallará.
Gracias, Padre. Oramos en el nombre de Jesús de Nazaret.
Amén y amén.
¡Bendiciones!