Malaquías 2:7 (NTV) Las palabras que salen de la boca de un sacerdote deberían conservar el conocimiento de Dios y la gente debería acudir a él para recibir instrucción, porque el sacerdote es el mensajero del Señor de los Ejércitos Celestiales.

 

Este pasaje que estamos leyendo se encuentra en el libro de Malaquías, el último libro del Antiguo Testamento, justo antes de que comenzara el período del Nuevo Testamento. En aquel tiempo existía lo que se conocía como el ministerio sacerdotal. Dios había establecido ese ministerio para que los sacerdotes cumplieran una función muy importante dentro del pueblo.

 

Los sacerdotes eran, por decirlo de alguna manera, intermediarios entre el pueblo y Dios. A ellos acudían las personas para presentar sus sacrificios, para buscar el perdón de sus pecados y para acercarse a Dios. Era a través de ese ministerio que el pueblo encontraba orientación espiritual y dirección en su relación con el Señor. Sin embargo, en este capítulo del libro de Malaquías, Dios expresa su enojo y su descontento con los sacerdotes. A través del profeta, el Señor comienza a reprenderlos porque no estaban cumpliendo con la responsabilidad que Él les había dado.

 

Dios les recuerda que los había puesto en esa posición con un propósito claro: cuidar las cosas de Dios y guiar espiritualmente al pueblo. Pero, en lugar de cumplir fielmente su llamado, habían abandonado su responsabilidad. El Señor comienza a señalarles sus fallas y les dice que habían sido desleales con la mujer de su juventud, que habían caído en divorcio cuando Dios aborrece el divorcio, y que además habían dejado de transmitir el mensaje de Dios al pueblo.

 

Ese era uno de los reclamos más fuertes que Dios tenía contra ellos. Habían dejado de cumplir su función principal: enseñar y transmitir la palabra de Dios. Por eso la Biblia dice en este versículo que acabamos de leer: “Las palabras que salen de la boca de un sacerdote deberían conservar el conocimiento de Dios.” Es decir, las palabras de un sacerdote debían estar llenas de la verdad de Dios, del conocimiento de su palabra y de la enseñanza correcta.

 

Pero los sacerdotes habían dejado de estudiar las Escrituras. Habían dejado de profundizar en la ley de Dios y de buscar su voluntad, y por esa razón Dios estaba profundamente molesto. El Señor incluso declara que el pueblo debería acudir a ellos para recibir instrucción, porque su función era precisamente esa: ser mensajeros de Dios.

 

Ahora bien, todo esto corresponde al ministerio sacerdotal del Antiguo Testamento. En el Nuevo Testamento, durante el tiempo de la gracia, encontramos el ministerio pastoral, a través del cual Dios levanta líderes y pastores para llevar su mensaje al pueblo. Sin embargo, el principio sigue siendo el mismo. La responsabilidad espiritual de quienes enseñan la palabra de Dios no ha cambiado.

 

Tal como lo dice Malaquías 2:7: “Las palabras que salen de la boca de un sacerdote deberían conservar el conocimiento de Dios.”

 

Esto significa que un pastor no debería hablar simplemente por hablar, ni enseñar solo lo que piensa o lo que se le ocurre. El llamado pastoral implica estudiar la palabra de Dios, profundizar en las Escrituras, orar y buscar constantemente la dirección del Señor.

 

Un pastor debería preguntarle a Dios: “Señor, ¿qué quieres decirle hoy a tu pueblo? Si tú estuvieras aquí ahora mismo, en este tiempo, en marzo, en agosto, en mayo del 2026, o incluso en los años que vendrán, ¿qué le dirías a las personas que vienen a buscarte?” Esa es la verdadera función del pastor: transmitir el mensaje de Dios al pueblo.

 

Lamentablemente, hoy en día muchas veces se habla desde los púlpitos solo para llenar el tiempo de una predicación. Se cuentan historias, anécdotas o chistes, pero falta el conocimiento profundo de la palabra de Dios. Y eso es algo que el Señor reprende con claridad en este pasaje.

 

El versículo también dice: “La gente debería acudir a él para recibir instrucción.” Es decir, el pueblo debería buscar a los líderes espirituales para recibir dirección, sabiduría y enseñanza. Pero tristemente, hoy muchas personas han dejado de asistir a las iglesias porque sienten que no reciben un mensaje verdadero de parte de Dios. No escuchan una palabra que transforme su vida ni una enseñanza que puedan aplicar en su día a día.

 

En muchos casos, sabemos más acerca de la vida personal del pastor que acerca de la vida de Jesús. Se habla más de experiencias humanas que de lo que Cristo hizo y enseñó cuando estuvo en la tierra. Por eso este devocional es también un llamado a restaurar el ministerio espiritual, tanto pastoral como sacerdotal.

 

El ministerio sacerdotal no quedó solamente en el Antiguo Testamento ni se volvió algo obsoleto. Hoy tenemos un Sumo Sacerdote perfecto: nuestro Señor Jesucristo, a quien todos debemos acudir para buscar consejo, dirección y salvación.

 

Así como el pueblo acudía al sacerdote para buscar el mensaje de Dios, nosotros hoy acudimos a Jesús como nuestro Sumo Sacerdote. Pero también hay una responsabilidad que nos toca a nosotros, especialmente a los padres de familia. En nuestros hogares también ejercemos un tipo de ministerio espiritual.

 

Los padres somos, de alguna manera, sacerdotes y ministros dentro de nuestro hogar. Somos la cabeza espiritual de nuestra familia y nuestras palabras también deberían conservar el conocimiento de la palabra de Dios.

 

Nuestros hijos deberían poder acudir a nosotros para recibir consejo, orientación y sabiduría. Nuestra boca debería estar llena del conocimiento de la palabra de Dios, para que podamos guiarlos correctamente.

 

ORACIÓN

 

 

Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, te damos gracias por la oportunidad que nos das de aprender de tu palabra. Gracias porque a través de ella podemos ser guiados, instruidos y también corregidos cuando es necesario.

 

Señor, hoy te pedimos que restaures el ministerio espiritual que tú mismo estableciste: el ministerio sacerdotal, pastoral y ministerial que muchos ejercen en las iglesias, pero también el que cada uno de nosotros ejerce dentro de su hogar.

 

Te pedimos especialmente por los padres y madres de familia. Ayúdanos a comprender que nuestro hogar es una pequeña congregación, donde nuestros hijos necesitan guía, enseñanza y dirección espiritual.

 

Permítenos mantener en nuestra boca el conocimiento de tu palabra, que podamos estudiar la Biblia continuamente, aprender de ella y estar preparados para responder con sabiduría a las preguntas de nuestros hijos.

 

Que ellos puedan acudir a nosotros buscando consejo, dirección y orientación, sabiendo que encontrarán palabras llenas de tu verdad. Señor, también oramos por las iglesias y por los pastores que predican tu palabra. Que cada mensaje que se predique esté lleno de ti y no de nosotros mismos. Que haya más de tu presencia y menos de nuestra humanidad.

 

Permite que seamos ejemplo no solo de palabras, sino también de vida. Que nuestro carácter, nuestras decisiones y nuestra manera de vivir reflejen tu verdad. Que nuestras palabras estén llenas del conocimiento de tu palabra, y que ese conocimiento pueda extenderse a nuestras familias, nuestras iglesias y nuestras comunidades.

 

Señor, haz que las personas vuelvan a tener hambre de tu palabra. Que puedan acudir a las iglesias con alegría y con expectativa, deseando escuchar lo que tú tienes para decirles. Que cada vez que escuchen una predicación salgan llenos de tu presencia, fortalecidos en su fe y transformados por tu verdad.

 

Finalmente, Señor, te pedimos que por medio de estos devocionales tu palabra pueda llegar a muchos corazones. Permítenos llevar tu mensaje a todos los rincones posibles y alcanzar a la mayor cantidad de personas.

 

Ayúdanos a llegar a aquel que está perdido, al que aún no te conoce, al que vive en desesperanza o en desamparo. Que tu palabra sea consuelo, dirección y salvación para quienes la escuchen.

 

Esta es nuestra oración, y la hacemos en el nombre de Jesús de Nazaret.

 

Amén y amén.

 

¡Bendiciones!