Salmos 23:4 (NTV) Aun cuando yo pase por el valle más oscuro, no temeré, porque tú estás a mi lado. Tu vara y tu cayado me protegen y me confortan.

 

Cuando David, el salmista, escribe este salmo, lo hace desde una profunda convicción del cuidado que Dios tenía de su vida. Esa convicción se transmite por medio de sus palabras. Al leer esta composición, podemos percibir el nivel de confianza que David había desarrollado con su Dios, con su Creador. Ese nivel de confianza, queridos, es el mismo que nosotros deberíamos anhelar y desarrollar.

 

David declara que aun pasando por el valle más oscuro no temerá. Otras versiones dicen: “aunque ande por el valle de sombra y de muerte”. Este es precisamente el punto central del mensaje: no temeré. Este nivel de confianza no surge de la nada; se desarrolla cuando la experiencia de vida nos permite atravesar dificultades profundas, incluso momentos cercanos a la muerte.

 

David había experimentado pérdidas y dolores extremos. Vivió la muerte de un hijo al que amaba profundamente. La Biblia nos relata que durante siete días lloró, hizo duelo, ayunó y no comió absolutamente nada. Las personas que lo rodeaban estaban preocupadas por él, pues parecía haberse entregado al abandono. Sin embargo, después de ese tiempo, David se lavó el rostro, se sacudió el polvo y continuó con su vida.

 

También experimentó traición desde su entorno más cercano. Personas dentro de su propio palacio, incluso su hijo Absalón, intentaron usurpar su trono, exponerlo públicamente y hasta quitarle la vida. David conoció el dolor de la traición, la pérdida, el rechazo y la amenaza constante.

 

Todas esas experiencias le permitieron desarrollar una confianza inquebrantable en Dios. Por eso podía declarar con certeza: “Aunque pase por el valle más oscuro, tú no me abandonas”. Los valles de sombra y los momentos de oscuridad que vivimos no están para destruirnos ni para que vivamos quejándonos, sino para que aprendamos a confiar más profundamente en el cuidado y la protección de Dios.

 

Es necesario cambiar la interpretación que hacemos de nuestros valles de sombra. En lugar de vivir como víctimas, preguntándonos por qué nos ocurrió tal situación o afirmando que ese dolor nos marcó para siempre, podemos decir: “Dios, he pasado por valles de sombra y de muerte, pero tú has estado conmigo. Me has sostenido, me has librado y aquí sigo de pie”.

 

Cuando reinterpretamos nuestras experiencias a la luz de la fidelidad de Dios, nace una fe firme. Si Él estuvo con nosotros en los momentos más difíciles, ¿de qué habremos de temer ahora? Si estuvo presente en la traición, en la pérdida, en el abandono y en el dolor, seguirá estando con nosotros en cualquier nuevo valle que enfrentemos.

 

Por eso el salmista concluye con tanta seguridad: “Aún cuando yo pase por el valle más oscuro, no temeré, porque tú estás a mi lado; tu vara y tu cayado me protegen y me confortan”. Esta es una declaración de confianza basada en la experiencia pasada y en la certeza del cuidado continuo de Dios.

 

Aunque vuelva a enfrentar momentos de oscuridad, no temeré. Dios ha estado antes, está ahora y seguirá estando. Su vara y su cayado infunden aliento, dan fuerzas nuevas y nos recuerdan que Él tiene el control de todo lo que sucede en nuestra vida, y que todo obra para nuestro bien.

 

ORACIÓN

 

 

Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, te damos gracias por la oportunidad que nos das de meditar en tu palabra. Gracias por los escritos de sabiduría que fueron dejados para nuestro crecimiento espiritual. Hoy declaramos que no temeremos, aunque atravesemos momentos de oscuridad o valles de sombra y de muerte.

 

Sabemos que tú has estado con nosotros en los momentos más difíciles de nuestra vida. Tú nos rescataste, tú nos sostuviste y tú nos permitiste seguir adelante. Por eso no temeremos, porque tu vara y tu cayado nos confortan, nos animan y nos recuerdan que tu presencia siempre nos acompaña.

 

Aun cuando no entendamos lo que estamos viviendo, creemos que todo obra para nuestro bien. Tal vez hoy, en medio del dolor, no alcanzamos a ver ese bien, pero decidimos confiar en ti, como lo hizo David. Nuestra confianza está puesta en ti, Señor, y sabemos que, sea cual sea la situación que atravesemos, tú sigues teniendo el control.

 

Gracias, Padre. Oramos en el nombre de Jesús de Nazaret. 

 

Amén y amén.

 

¡Bendiciones!