1 Corintios 11:2 (NTV) Cuánto me alegro de que ustedes siempre me tienen en sus pensamientos y de que siguen las enseñanzas que les transmití.
El apóstol Pablo inicia esta exhortación expresando su alegría y gratitud hacia la iglesia de Corinto. Él reconoce que no solo lo recuerdan, sino que también han guardado en su corazón las enseñanzas que les transmitió, llevándolas a la práctica y haciéndolas parte de sus vidas y de sus familias. Esto produce en Pablo una profunda satisfacción, especialmente al ver que su trabajo y su esfuerzo no fueron en vano.
El apóstol se siente contento y realizado porque está viendo frutos reales del proceso de formación. Esto es algo que experimentan todas las personas que se dedican a formar, educar, orientar, guiar o aconsejar a otros. Una de las mayores satisfacciones es darse cuenta de que las personas verdaderamente están aprovechando las enseñanzas, que están poniendo empeño en su crecimiento, en su aprendizaje y en su desarrollo personal y espiritual.
Pablo expresa esta satisfacción como lo haría cualquier buen maestro al ver el resultado en sus estudiantes, en sus discípulos. Ese mismo principio fue establecido por el Señor Jesucristo, cuando envió a sus apóstoles a hacer discípulos a todas las naciones y a predicar el mensaje de salvación. El que creyere y fuese bautizado será salvo, y esa salvación se convierte en el mayor certificado que recibe una persona después de aceptar las enseñanzas de Jesús.
Aunque la salvación se recibe desde el momento de creer, llegar hasta el final de la carrera y recibir la corona es el premio final. Esa fue la tarea que Jesucristo dejó a seres humanos simples y mortales, y no es una tarea fácil. El mismo Jesús advirtió que enviaba a sus discípulos como ovejas en medio de lobos, anunciando que enfrentarían oposición, persecución, críticas, traiciones, ofensas y ataques.
Por esta razón, cuando el apóstol Pablo ve el buen resultado en la iglesia de Corinto, les escribe con profunda satisfacción y les recuerda nuevamente: “Cuánto me alegro de que ustedes siempre me tienen en sus pensamientos y de que siguen las enseñanzas que les transmití”. Recordar a las buenas personas que han marcado nuestras vidas es un acto de honra y un código de honor. Existe un dicho que afirma que no se debe morder la mano que nos ha dado de comer, aunque lamentablemente muchas personas lo hacen.
La Biblia, por el contrario, nos enseña a recordar y valorar a esas personas, a tenerlas en estima, en respeto, en honra y en reconocimiento. Por eso hoy somos llamados a reflexionar y a meditar en quiénes han sido aquellas personas que han influido positivamente en nuestras vidas, quienes nos han transmitido conocimiento, principios de vida y la Palabra de Dios.
Tal vez fue a través de una prédica un domingo, aunque el pastor nunca se haya sentado personalmente contigo. Una sola enseñanza pudo haberse impactado, transformado y abierto el entendimiento, impulsándote a no temer, a no desmayar y a atreverte a emprender, incluso a abrir una empresa o iniciar un nuevo proyecto.
También es importante recordar a aquellas personas que nos han impactado con su ejemplo, con su perseverancia y con su determinación de no rendirse. Al ver su testimonio constante, aprendemos a no darnos por vencidos, porque seguimos a alguien que ha permanecido firme a lo largo del tiempo.
Tener aprecio por las personas que nos enseñan, que nos instruyen y que nos orientan es completamente bíblico. El apóstol Pablo sentía una profunda satisfacción al ver que las enseñanzas que impartió estaban dando fruto. Él veía crecimiento, mejoría en los matrimonios, en las finanzas, en la conducta y en la manera de vivir de quienes habían recibido su enseñanza.
Queridos amigos, aprendamos a valorar a esas personas que nos han enseñado y, sobre todo, a quienes nos han instruido en la Palabra de Dios.
ORACIÓN

Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, te damos gracias por la oportunidad que nos das de estar conectados a tu Palabra. Gracias porque traes a nuestra mente y a nuestra memoria a aquellas personas que han impactado nuestras vidas, que nos han enseñado, orientado e instruido.
Te agradecemos por aquellas personas que, a través de su ejemplo, se han convertido en modelos dignos de ser imitados. Damos gracias por los líderes y por todos aquellos que han influenciado nuestra vida para bien, especialmente por quienes nos han predicado tu Palabra y han sido un reflejo vivo de tu carácter.
Padre celestial, bendecimos la vida de todas esas personas que un día nos enseñaron, que tuvieron la paciencia y el tiempo para prepararse y traer una palabra cuando más la necesitábamos. Gracias, Dios, por usarlos como instrumentos tuyos.
Oramos por sus vidas, por sus familias y por sus matrimonios. Oramos por aquellos que se ponen al frente de la batalla, que reciben ataques y enfrentan oposición, para que tú los fortalezcas y los sigas usando en gran manera.
También te pedimos, Señor, que nos permitas crecer y desarrollarnos hasta el punto de convertirnos nosotros mismos en personas dispuestas a enseñar, a guiar y a ser ejemplo para otros. Queremos ser parte de ese frente, de ese ejército que decide invertir su vida en la formación de alguien más.
Amén y amén.
¡Bendiciones!