Hebreos 12:10 (NTV) Pues nuestros padres terrenales nos disciplinaron durante algunos años e hicieron lo mejor que pudieron, pero la disciplina de Dios siempre es buena para nosotros, a fin de que participemos de su santidad.
Esta es una necesidad que todos tenemos y que no terminó en nuestra infancia. La Biblia enseña claramente que seguimos necesitando disciplina aun siendo adultos. La Escritura reconoce que nuestros padres terrenales nos disciplinaron mientras crecíamos y que hicieron lo mejor que pudieron. Cada uno de ellos, con sus capacidades, su madurez y las herramientas que tenía, trató de guiarnos y enseñarnos.
Y eso es una realidad. Muchos de nosotros podemos mirar hacia atrás y reconocer que nuestros padres hicieron su mejor esfuerzo al criarnos. Algunos padres enseñaban más con palabras; otros, con el ejemplo. Algunos se sentaban a conversar y aconsejar a sus hijos, mientras que otros tal vez no hablaban tanto, pero transmitían disciplina a través de su conducta, de su trabajo y de la manera en que enfrentaban la vida.
También influye mucho la etapa de vida en la que nuestros padres nos tuvieron. Muchos nacimos cuando ellos eran muy jóvenes, entre los 18 y los 25 años. Y cuando una persona está en esa etapa, muchas veces todavía está tratando de construir su vida, estabilizarse económicamente y formar las bases de su hogar.
Por eso, en ocasiones, el enfoque de los padres jóvenes está más concentrado en salir adelante y sostener la familia. En cambio, quienes tuvieron hijos en una etapa más madura probablemente pudieron ofrecer una disciplina distinta, con más experiencia y estabilidad emocional.
Pero más allá de cómo haya sido nuestra crianza, la Biblia nos enseña algo importante: la necesidad de disciplina no termina cuando dejamos de ser niños. Después de la disciplina terrenal aparece la disciplina espiritual.
Cuando nosotros decidimos creer en Jesucristo, reconocer nuestra necesidad de Dios y aceptar a nuestro Padre celestial, entonces comenzamos una nueva etapa en nuestras vidas. La Biblia llama a esto “nacer de nuevo”.
Y en ese nuevo nacimiento seguimos necesitando corrección, guía, enseñanza y dirección. Ahí es donde entra la función de Dios como Padre. Dios nos disciplina porque nos ama. Nos corrige, nos instruye y nos guía por el camino correcto para ayudarnos a crecer espiritualmente y participar de su santidad.
Muchas veces queremos una relación con Dios solamente basada en bendiciones, respuestas y milagros, pero olvidamos que un verdadero padre también corrige a sus hijos cuando es necesario.
Y aunque a veces la disciplina no es cómoda, termina produciendo algo bueno en nosotros. Nos forma, nos madura y nos ayuda a caminar de una mejor manera. La disciplina de Dios no busca destruirnos ni hacernos daño; busca moldearnos y guiarnos hacia una vida más cercana a Él.
Por eso no podemos vivir alejados de Dios ni independientes de su dirección. Necesitamos de su corrección tanto como necesitamos de su amor, porque ambas cosas forman parte del cuidado de un buen Padre.
ORACIÓN

Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, te damos gracias por la oportunidad que nos das de aprender de tu palabra. Gracias, Señor, porque hoy nos haces entender que la necesidad de disciplina no terminó con la función de nuestros padres terrenales, sino que continúa a lo largo de nuestra vida espiritual.
Cuando decidimos creer en ti y reconocerte como nuestro Padre celestial, comenzamos una nueva vida en la que seguimos necesitando corrección, guía y dirección. Gracias porque nos adoptas como hijos y, como buen Padre, te involucras en nuestro crecimiento espiritual.
Señor, te agradecemos porque nos corriges, nos instruyes y estás pendiente de nosotros. Aun cuando nos equivocamos, cuando tomamos malas decisiones o nos metemos en dificultades, tú permaneces cerca para guiarnos nuevamente al camino correcto.
Gracias porque cuando nos corriges nos haces sentir importantes, valiosos y amados. Un padre que disciplina a su hijo lo hace porque le importa, porque lo aprecia y porque desea lo mejor para él.
Por eso hoy reconocemos que no podemos vivir alejados de ti ni depender solamente de nuestra propia sabiduría. Te necesitamos como Padre, como guía y como dirección para nuestras vidas.
Oramos en el nombre de Jesús de Nazaret.
Amén y amén.
¡Bendiciones!