Juan 1:11 (NTV) Vino a los de su propio pueblo, y hasta ellos lo rechazaron.
La Biblia nos enseña que Jesús, siendo judío y descendiente de Abraham, vino primero a su propio pueblo. Él llegó a traer salvación a los judíos, a predicarles el evangelio del Reino y a cumplir la promesa que había sido anunciada desde antiguo. Sin embargo, el mismo texto bíblico declara una verdad dolorosa: los suyos fueron quienes lo rechazaron.
Este rechazo no fue algo aislado ni superficial. Jesús experimentó el rechazo de manera constante a lo largo de su ministerio. En una ocasión, una mujer extranjera se acercó a Él clamando por la sanidad de su hija, que estaba siendo atormentada. La mujer gritaba con insistencia, y aun los discípulos intentaron despedirla, diciéndole que Jesús no tenía tiempo para ella. Entonces Jesús dejó claro que Él había venido primero a los hijos de la casa de Israel, ya que esta mujer no era judía.
Cuando Jesús dijo que no era justo quitar el pan de los hijos para dárselo a los perros, la mujer respondió con una fe sorprendente, afirmando que aun los perros comen de las migajas que caen de la mesa. Fue esa fe la que provocó el milagro. Este pasaje nos muestra que Jesús tenía claridad sobre su misión, que había venido principalmente a los judíos, pero también revela cuán profundo fue el rechazo que experimentó incluso antes de ser aceptado por otros pueblos.
La Escritura también relata que Jesús fue rechazado en su propia tierra. En una ocasión, en Capernaúm, la Biblia dice que no pudo hacer muchos milagros debido a la incredulidad de la gente. Ellos se preguntaban quién era Él, diciendo que era el hijo del carpintero, el hijo de José, que conocían a su familia y a sus hermanas. Los de su propia aldea, las personas que lo vieron crecer, no creyeron en Él.
El rechazo hacia Jesús llegó a ser tan fuerte que incluso fue utilizado como un ataque directo contra su identidad. En una confrontación con los fariseos, ellos afirmaron que no eran hijos de fornicación, insinuando que Jesús sí lo era. Este estigma fue una herramienta de desprecio y rechazo que Jesús cargó durante su vida y ministerio.
Ahora bien, surge una pregunta importante: ¿qué hizo Jesús con el rechazo? ¿Se entristeció hasta detenerse? ¿Se deprimió? ¿Rogó por aceptación? La respuesta es clara: Jesús no se detuvo. No dejó de predicar, no dejó de hacer milagros y no abandonó su llamado. Si en una ciudad no creyeron en Él, simplemente continuó hacia otra.
Jesús nos enseña cómo lidiar con el rechazo. En la vida habrá personas que no creerán en ti, que no creerán en tus sueños, en tus capacidades o en tu llamado. Habrá familiares, amigos, compañeros de trabajo e incluso personas cercanas que te rechazarán. Pero si al mismo Jesús lo rechazaron los de su propia casa, no debería sorprendernos que también nosotros enfrentemos rechazo.
La pregunta entonces es: ¿qué harás tú con el rechazo? ¿Te deprimirás, te rendirás o abandonarás tu propósito? O, por el contrario, ¿seguirás adelante como Jesús lo hizo? La manera correcta de lidiar con el rechazo es continuar, avanzar y jamás darse por vencido.
ORACIÓN

Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, te damos gracias por la oportunidad que nos das de aprender de tu Palabra. Gracias por el ejemplo de Jesús, quien fue rechazado no solo por su pueblo, sino también por los de su propia casa.
Señor, a veces nosotros también experimentamos rechazo, especialmente de quienes esperábamos apoyo, comprensión y ánimo. Hoy aprendemos que Jesús no se detuvo, no se deprimió ni rogó por aceptación, sino que continuó cumpliendo su propósito.
Mi oración es por cada persona que ha sido rechazada, para que no se rinda ni se dé por vencida. Fortalécelos, anímalos y ayúdales a seguir adelante, sin abandonar el llamado que Tú les has dado.
Que podamos aprender a lidiar con el rechazo como Jesús lo hizo, confiando en que Tú estás con nosotros y que nuestro propósito sigue en pie. Oramos en el nombre de Jesús de Nazaret.
Amén y amén.
¡Bendiciones!