Isaías 58:6 (NTV) ¡No! Esta es la clase de ayuno que quiero: pongan en libertad a los que están encarcelados injustamente; alivien la carga de los que trabajan para ustedes. Dejen en libertad a los oprimidos y suelten las cadenas que atan a la gente.
Es importante hablar del ayuno porque esta es una práctica espiritual basada en la Biblia. Está claramente documentada en el Antiguo Testamento por diversos profetas y fue una práctica común dentro del pueblo de Dios. A lo largo de la historia bíblica, el ayuno se utilizó como una manera de buscar el favor de Dios y de agradarlo.
Incluso encontramos ejemplos de ayuno a nivel de reinos completos. Cuando la reina Ester estaba en Persia, se ordenó que todos los judíos hicieran un ayuno total. No solo ayunaron los adultos, sino también los niños que aún mamaban y hasta los animales. Esto nos muestra la importancia y la seriedad con la que el ayuno era entendido como una práctica espiritual.
¿Por qué es importante recordar esto? Porque el ayuno está reconocido como una práctica bíblica que nace en el Antiguo Testamento y que, cuando viene Cristo en el Nuevo Testamento, no se cancela ni se anula, sino que se ratifica. El ayuno continúa siendo una práctica espiritual válida y vigente.
En una ocasión, algunos cuestionaron a Jesús porque sus discípulos no ayunaban. Él respondió que mientras el novio estaba con ellos no ayunarían, pero que llegaría el tiempo en que sí lo harían. Con esto, Jesús no abolió el ayuno, no lo canceló ni lo anuló; por el contrario, lo confirmó como una práctica espiritual bíblica que sigue teniendo propósito.
Ahora bien, entendiendo de dónde proviene el ayuno, es importante saber cómo debe hacerse. El verdadero ayuno, según la Escritura, tiene mucho más que ver con lo espiritual que con lo físico. Aunque es necesario aclarar que el ayuno beneficia los tres componentes del ser humano: el cuerpo, el alma y el espíritu. Cuando una persona ayuna, puede encontrar beneficios físicos, emocionales y espirituales.
Sin embargo, el ayuno que Dios manda desde el Antiguo Testamento, como leímos en Isaías 58, no está enfocado únicamente en lo material ni en los beneficios del cuerpo. Es un ayuno profundamente espiritual, que va más allá de la abstinencia de alimentos.
En tiempos recientes, existe una tendencia a practicar el ayuno sin una causa espiritual. Médicamente hablando, el ayuno puede ser recomendado para personas con ciertas condiciones de salud y puede traer muchos beneficios al cuerpo. Este tipo de ayuno se enfoca únicamente en lo físico y consiste en abstenerse de alimentos durante ciertas horas del día.
Algunos explican el ayuno de esta manera: si la última comida fue a las seis de la tarde y la persona se levanta a las seis de la mañana, ya han pasado doce horas. Si desde ese momento se añaden seis horas más sin ingerir alimentos, se convierte en un ayuno de dieciocho horas. Para no complicarlo tanto, también puede medirse desde la hora en que la persona se levanta; por ejemplo, levantarse a las seis de la mañana y abstenerse de comer durante seis horas.
Este tipo de ayuno busca beneficios médicos, y ciertamente los hay. Existen muchos beneficios físicos comprobados: desintoxicación del cuerpo, eliminación de toxinas, conservantes, colorantes y químicos presentes en productos procesados. El cuerpo comienza a utilizar lo que le sirve como energía y desecha lo que no necesita. Estos beneficios físicos están comprobados y son reales.
Sin embargo, el ayuno del que Dios habla es diferente. Es un ayuno espiritual, como lo expresa claramente la Escritura: “Pongan en libertad a los que están encarcelados injustamente, alivien la carga de los que trabajan para ustedes, dejen en libertad a los oprimidos y suelten las cadenas que atan a la gente”.
Este es el ayuno que Dios pide. Es un ayuno que nos lleva a examinarnos en el alma y en el corazón. Nos invita a asegurarnos de que no existan cadenas que nos aten al rencor, a la envidia, al enojo o a las contiendas. Nos llama a revisar si tenemos a alguien encarcelado en nuestro corazón por falta de perdón, amargura o resentimiento.
Este ayuno nos confronta a revisar nuestras relaciones más profundas. Nos lleva a preguntarnos si estamos molestos con papá o con mamá, si guardamos resentimiento por el trato recibido en la infancia, por el maltrato o por preferencias hacia otros hermanos. Todo esto forma parte de las cadenas que deben ser rotas.
El verdadero ayuno consiste en asegurarnos de que en nuestro corazón no haya amargura, odio ni rencor. Es romper todas esas cadenas y permitir que tanto nosotros como otros sean verdaderamente libres. Este, queridos, es el verdadero ayuno.
ORACIÓN

Padre celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, te damos gracias por la oportunidad que nos das de aprender de tu Palabra y de ser exhortados por medio de ella. Hoy entendemos que el ayuno no es solo una práctica física, sino una expresión espiritual que busca agradarte a Ti.
Señor, muchas veces nos enfocamos únicamente en lo material y en lo físico, como solemos hacerlo los seres humanos, y dejamos de lado la profundidad del alma y del espíritu, que es lo que verdaderamente te interesa. Así como en la antigüedad corregiste a quienes ayunaban buscando solo beneficios externos, hoy venimos delante de Ti con un corazón humilde.
Si en algún momento hemos cometido el error de enfocarnos solo en los beneficios físicos o materiales del ayuno, hoy te pedimos que nos ayudes a profundizarlo y a llevarlo a un nivel que sea agradable delante de Ti. Permítenos liberar todo enojo, todo rencor y asegurarnos de que no guardamos resentimiento, odio, queja ni deseos negativos en nuestro corazón.
Señor, permite que todas esas cadenas sean cortadas de manera definitiva. Que cada persona pueda soltar a quienes ha tenido encarcelados en su corazón y, al hacerlo, también experimente su propia libertad. Que toda opresión sea rota y que haya sanidad en el alma y en el espíritu.
Amén y amén.
¡Bendiciones!