- 22 Dec 2025
- Category: Devocional
El Devocional: La Verdadera Medicina
Jeremías 33:6 (RVR1960) He aquí que yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré, y les revelaré abundancia de paz y de verdad.
Dios envía al profeta Jeremías para dar un anuncio a un pueblo golpeado. La nación de Israel estaba herida y lastimada en todos los sentidos. Debido a sus pecados, a sus maldades y a su rebeldía contra Dios, Él permitió que vinieran otras naciones a saquearlos, a llevarse a sus hijos como esclavos, a abusar de sus mujeres, y a sumirlos en la miseria económica y en la enfermedad.
Todos estos síntomas —esclavitud, abusos, miseria, enfermedad— siguen existiendo en la actualidad. Ya no es solo un asunto de naciones, también se manifiesta de manera personal en la vida de muchas personas.
La causa principal de todo esto sigue siendo la misma: la rebeldía y el pecado. Darle la espalda a Dios, hacer lo incorrecto, siempre traerá como resultado esclavitud, escasez, enfermedad y, sobre todo, heridas profundas en el alma. Una persona en esta condición inevitablemente tendrá su autoestima por el piso. Se sentirá frustrada, triste, deprimida e indigna.
Sin embargo, Dios promete a través de Jeremías que sanará a los heridos y a los dolidos del corazón. El versículo lo declara: “He aquí que yo les traeré sanidad y medicina; y los curaré, y les revelaré abundancia de paz y de verdad.” La paz y la verdad no pueden manifestarse si primero no hay sanidad.
Por eso, la verdadera medicina comienza con sanar el alma. Muchas personas creen que no lo necesitan porque dicen: “Yo estoy bien, no tengo nada.” Sin embargo, en realidad cargan con heridas internas que vienen, en la mayoría de los casos, desde la infancia, aunque también pueden formarse en la adultez.
Un ejemplo muy común es la herida de rechazo. Pensemos en una niña cuyo padre, sin intención consciente de hacerle daño, se enfocó más en su hijo varón: lo llevaba a los partidos de fútbol, le compraba los mejores uniformes, lo acompañaba a los campeonatos. Mientras tanto, la niña no recibía la misma atención. El padre asumía que con el cuidado de la madre era suficiente. Sin proponérselo, este hombre sembró en su hija una herida de rechazo.
Con el tiempo, esta niña creció sintiéndose ignorada y, en la adultez, esa herida se manifestó en una necesidad desesperada de llamar la atención de los hombres. Cuando llegó a la adolescencia, comenzó a publicar fotos en redes sociales y a buscar aprobación a través de halagos. Así entró en un ciclo vicioso: la falta de atención paternal se convirtió en dependencia emocional de la atención masculina.
El problema es que esa herida de rechazo nunca sanó. Ya de adulta, aunque diga “yo estoy bien, no necesito sanar de nada, soy cristiana, voy a la iglesia”, en realidad sigue buscando llenar un vacío con relaciones pasajeras y dañinas. Jesús sanó su espíritu, pero su alma sigue cautiva, herida y esclavizada.
Este es solo un ejemplo de los muchos tipos de heridas que existen. Todas tienen el mismo origen: el dolor del alma. Y solamente Jesús puede traer la verdadera sanidad.
ORACIÓN
Padre Celestial, en el nombre de Jesús de Nazaret, te damos gracias por tu Palabra y por la oportunidad de conectarnos contigo. Hoy reconocemos que necesitamos la verdadera medicina que solo tú puedes dar.
Señor, entendemos que la sanidad no llega a quien no reconoce primero que está herido en el interior. Por eso, mi oración hoy es que cada persona que participa de este devocional pueda ser consciente de las heridas de su alma. Tal vez haya dentro de ellos un niño rechazado, abandonado, abusado, o lastimado que todavía llora en silencio.
Padre, tú eres el único que puede vendar el alma y traer sanidad profunda. Te pido que muestres a cada uno la condición de su corazón, que reveles los dolores ocultos y las heridas abiertas que necesitan ser atendidas por ti.
Señor, bendice a cada persona que lee esta oración. Que puedan recibir la sanidad que viene de tu mano, la paz que sobrepasa todo entendimiento y la abundancia de verdad que transforma vidas.
Te damos gracias por tus promesas y lo oramos en el nombre poderoso de Jesús de Nazaret.
Amén y amén.
¡Bendiciones!
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